El amor acaba

Cuando era niña mi abuelo platicaba muchas anécdotas, entre ellas una que no me quedó clara jamás y, desde hace mucho, él no está para aclarármela. Ahora me pregunto a qué se referiría  cuando decía que “tenías que esconderte para votar por el PAN”.

Mi abuelo siempre ejerció su derecho a votar por la oposición a pesar de todas las historias truculentas que se escuchaban sobre las represalias contra quien lo hiciera.

Pablo Sandoval fue un nacionalista, nos obligaba a escuchar el Himno Nacional de pie, a saludar a la bandera, a respetar a las instituciones; amaba a este país y nunca se cansó de decir que durante la Revolución Mexicana  mucha gente inocente murió para que fuéramos libres de ir a donde quisiéramos, de elegir dónde queríamos trabajar, vivir y, sobre todo, para que pudiéramos  escoger por quién votar aunque fuera a escondidas.

Todas sus narraciones deben haberse quedado firmemente afianzadas en mi cerebro porque, precisamente, esos muertos que no conocí me impidieron considerar siquiera la opción de anular mi voto. Aunque reconozco que era muy difícil ejercer ese derecho con tal deficiencia de calidad y compromiso.

Pasados los años, ya sin mi abuelo, mi primer contacto “verdaderamente panista” fue cuando, por azares del destino, el señor Ituarte (no recuerdo su nombre) y su hija Josefina llegaron al negocio de mi papá (un taller litográfico) para imprimir la campaña para presidente de Pablo Emilio Madero y los candidatos para el Distrito Federal.

Para ser honesta, la política me tenía sin cuidado, yo estaba en la universidad y mi himno era girls just want to have fun (metafóricamente hablando). Además, mi papá no me permitía quedarme por mucho tiempo en el taller (le preocupaba que me gustara y dejara los estudios). Sin embargo, un día llegué y mi papá no estaba, y justo ese día fue cuando esas dos personas me cautivaron, no por su personalidad (ni me acuerdo de ellos físicamente), no por sus desplantes o alarde, fueron sus historias las que me conquistaron.

Allí me enteré de que para recaudar fondos hacían rifas de autos, que no aceptaban dinero del gobierno (por lo menos eso me dijeron y me pareció sensacional) y me contaron que “el ingeniero Madero estaba pagando la campaña de su bolsa”. ¡Qué orgullosos de su labor y de su partido me parecieron! ¡Qué bien puesta traían su camiseta!

Así me enamoré del PAN, empecé a visitar a mi papá frecuentemente y a acompañarlo a una pequeña imprenta que tenía el partido en la colonia Moctezuma. Recuerdo haber oído al señor Ituarte decir que sabían lo difícil que era ganar la presidencia, pero querían conseguir la mayor cantidad de lugares en los congresos, tener representación, frenar las decisiones unilaterales y autoritarias del presidente.

No sé si el señor Ituarte y su hija vieron su sueño hecho realidad, no sé si disfrutaron primero de tener un presidente panista y luego otro. Lo que sí sé es que yo lo disfruté gracias a ellos, pero ese romance que empezó con ellos, se tambalea cada vez más.

Me encantaría decirle a mi abuelo que desde hace varios años no hay que esconderse para votar por el PAN, la gente puede gritarlo a los cuatro vientos; pero no me gustaría que supiera que hoy las personas ya no luchan por su derecho a votar sino por su derecho a anular. Que hubo una transformación y el PAN dejó de ser la oposición del PRI, pero sigue siendo la oposición del PAN.

¡Qué tiempos aquellos! Los de mi abuelo, los de Madero, los de Ituarte y los del PAN.

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¡Te falló la derecha!

Desde que oía a Germán Martínez (el ex) con Óscar Mario Beteta, pensaba que si lo comparaba con un boxeador sería el típico fajador. Ése que emociona a las multitudes, a los villamelones porque se la rifa, es el orgullo de su manager quien sabe que con muy buena suerte peleará por un campeonato, pero en el fondo reconoce que nunca será campeón. Ese peleador es el mismo que después de una buena racha acaba desinflándose, eso sí, en el camino acaba con la carrera de muchos, habla, increpa, se hace notar, sube, sube, sube y después pum, pas, zas, cuás, se rompe solo lo que nadie le tocó.

A estos pugilistas les gana la soberbia, no saben cuándo detenerse para aprender la técnica, el oficio, el arte del boxeo (a pesar de los detractores, a mí me encanta). Son los que tiran los golpes al bulto, hay unos que hasta cierran los ojos. Como los peces, mueren por la boca, calientan el ambiente antes de la pelea, agitan las aguas, crean la expectativa, le ponen sabor.

Eso pasó con Germán, puso el ambiente a la campaña, se fajó con todos, pero en especial con Beatriz, mal escogida la gran pelea y el rival, no estaba listo para 12 rounds. Enfrente no tenía un bulto, sino una contrincante experimentada que lo dejó regodearse, confiarse, le permitió que le diera uno que otro izquierdazo, un gancho al hígado de vez en vez y cuando estaba más confiado, la tenía en la mira, estaba ahí (eso pensaba él) lista para recibir el golpe definitivo, sin embargo, algo cambió en el último momento, se decidió que se votaría por una pelea limpia y muchos de sus aficionados, prefirieron anular su voto.

Muchos de los que confiábamos en su equipo (aunque no en él), lo vimos allí arriba del ring, bailando quebraditas, insultando, aun así pensó que tenía a Beatriz donde la quería, ya todos veíamos qué pasaba, pero él no.

No fuimos los aficionados, los que acudimos siempre al apoyo de ese equipo quienes fallamos, fueron los villamelones quienes decidieron esta contienda, ellos no se dejaron convencer fácilmente, decidieron tomar otro rumbo o ninguno.

Cambiaron de canal, prefirieron los largos culebrones de las telenovelas recicladas, donde hay un galán y su coprotagonista, donde hay chisme del bueno. Germán se quedó solo frente a Beatriz y no supo qué pasó. Cuando despertó le estaban aplicando la cuenta de protección, pero era demasiado tarde, no supo por dónde le vino el golpe.

El encabezado al día siguiente debió haber sido: Germán, ¡te falló la derecha!

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Tolerancia, ¿para quién?

La muerte de Michael Jackson es un acontecimiento inesperado porque era un hombre millonario de 50 años de edad, en cualquier situación normal podría pensarse que estaba en la flor de la vida. Sin embargo, las flores tienen una vida efímera y, aunque nos hacen felices por un tiempo, mueren más rápido de lo que desearíamos.

Es asombroso, pasadas la agitación y la consternación, recapitular lo sucedido y darse cuenta de que no somos más que marionetas de los medios de comunicación y, aunque no lo parezca, no es una crítica, es una apreciación.

Hace algunos años, millones de personas repudiaban la conducta de Michael (tal vez muchos de esos que ahora lo lloran), a pesar de que nunca se comprobó nada de manera oficial. Se le llamó de todo, se le asignaron sobrenombres hirientes, la crítica no cesó nunca.

Desde mi punto de vista, y es válido porque es mío, así que las críticas no me importan, Michael Jackson, el Rey del Pop, fue víctima del más alto grado de intolerancia proveniente del ser más importante: él mismo. Michael Jackson no se quiso, no se tolero, no se aceptó, por eso tuvo que soportar que los demás no lo quisieran, no lo toleraran y no le aceptaran. Porque yo me preguntó ¿quién tiene derecho a decirle a otro ser humano que no elija el color de piel que desea? ¿Acaso no es la ciencia misma la que ha llegado a tal grado de desarrollo que permite clonar a otro ser humano? ¿No podemos trasplantar órganos, reemplazarlos con prótesis? ¿No puedo ser más bella, menos gorda, incluso más alta? Y si lo hago, no será la gente quien me dirá “te ves mejor así”.

Bueno, Michael Jackson duró (porque difícilmente creo que eso haya sido una vida en la extensión de la palabra) 50 años, la mayoría de los cuales buscó –con la ayuda de la ciencia médica– la manera de verse mejor, para quererse, tolerarse y aceptarse.

Hoy, ya muerto, la gente “lo quiere, lo tolera y lo acepta”; ¿qué habría sucedido si hubiesen podido salvarlo? Quiero especular y decir que no sería querido ni tolerado, y seguramente, ni aceptado, sino criticado por lo sucedido. Todos queremos darle a los muertos lo que no podemos darles en vida porque tememos que nos suceda lo mismo.

Pues yo quise a Michael, lo toleré y lo acepté. Siempre pensé –y lo dije– que era inocente. Hay secretos tan bien guardados que se llevan a la tumba, éste es uno de ellos.

Thriller sería el epitafio perfecto para una vida ejemplar. Sí, la suya es el ejemplo de todo lo que TODOS podemos ser y padecer.

Michael: ojalá que donde estés haya amor y tolerancia para tus decisiones, no importa si fueron equivocadas para toda la humanidad, hoy estás perdonado. ¿Podrás perdonar?

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Quiero mis tacos

Sé que puede sonar absurdo si escuchas que alguien ha llorado porque sus tacos no son lo que pensaba. Yo me imaginé los míos: champiñones, rajas de poblano, cebolla y queso fundido. Así, exactamente así, pero cuando los vi no eran mis tacos, esos que incluso ahora aparecen en mi imaginación cuando pienso en ellos.

Como no podía culpar a nadie por mi decisión lloré y asumí la responsabilidad, estaba dispuesta a comerlos. Sin embargo, la actitud comprensiva y empática de Isaac y Charbelí contribuyeron a que yo sorteara ese horrible y vergonzoso momento.

De igual manera, espero la comprensión y empatía de Dios, pienso que todavía estamos a tiempo, quiero pensar que podemos negociar para que el resto de mi vida sea como lo pienso.

El problema es que Él parece estar empeñado en llevarme la contra y también quiere que mi vida sea como la piensa Él. Esto nos ha ocasionado algunos contratiempos en los años que llevamos de conocernos. Hasta este momento Él se ha salido con la suya y, como buen hombre (con esa actitud NUNCA he dudado que es hombre), muy a mi pesar las cosas se han hecho a su modo. Quiero decir, en descargo suyo, que muchas veces ha tenido razón, pero otras hubiera querido comerme los tacos como los quiero.

En aquellas ocasiones en las que me los comí y las cosas no resultaron tan bien, he recurrido a Él sólo para hacer las pases, pero a pesar de los frentazos ha sido bueno darme cuenta de que soy libre para decidir cómo, cuándo y si quiero o no los tacos como los pienso.

Estamos en guerra

Para ser sincera, varias veces pensé que México conmemoraría el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana con una guerra. Después de la confrontación lópezobradorista con los panistas o simplemente contra quienes somos de derecha, muchas veces pensé que tal vez un día nos harían pedazos a todos. Sé que esa aseveración es injusta, por ser general, pero quien oiga a los ultras de izquierda y no comulgue con esa tendencia sabe a lo que me refiero.

Llegaron los Chuchos y pensé que había una posibilidad de reconciliación, porque finalmente todos somos mexicanos, llegó “Juanito” y me di cuenta de que la amenaza seguía latente.

Hoy, ya no me importa López Obrador (en realidad él nunca me ha importado), hoy al ver las fotografías de los helicópteros de la policía federal alistándose para viajar, no a Irak ni a Afganistán, no, ¡van a Michoacán! Mi corazón se encogió, mi estómago segregó grandes cantidades de jugos gástricos: me dolió el alma.

¿Cuántos de ellos no regresarán? No van a comprar uchepos o corundas. Van a cazar o a que los cacen, van a matar o a morir. Mexicanos en manos de mexicanos. ¡Éste es el verdadero complot! El del narcotráfico contra todos nosotros.

Me dan ganas de llorar al pensar en todas esas madres, hijas, hermanas, novias, padres, hijos, hermanos y novios que no volverán a abrazar a los suyos. Y me refiero a ambos bandos porque todos sufren, las heridas les duelen igual a los buenos y a los malos. La familia sufre igual por unos y por otros.

Y mientras, nosotros aquí, con el temor a flor de piel… qué sentirán ellos, los que se enfrentan. Ante esa pregunta me viene a la cabeza Lucas 22:44: “Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor era como espesas gotas de sangre que caían a la tierra”.  Nadie en el mundo debería tener que pasar por nada que eleve su miedo a esos niveles y ponga su vida en un riesgo tan grande por una estupidez como las drogas.

Nos quejamos de la policía, pero no hemos hecho nada para que vivan mejor, para eso hay que hacer marchas, para que coman, se eduquen, rían, estudien, disfruten como cualquiera porque aunque hay una bola de corruptos, muchos otros mueren deteniendo a un raterillo de poca monta o persiguiendo a secuestradores y narcotraficantes.

Siempre será un buen día para empezar a respetarlos, ni todos los policías son malos y corruptos, ni los ciudadanos somos blancas ovejitas; ni los lópezobradoristas son el enemigo; ni todos los de derecha son buenos católicos comprometidos.

Hoy es un buen día para elevar una plegaria por esos seres humanos que se enfrentarán, morirán y nadie habrá ganado.

La guerra se anticipó, no esperó el bicentenario ni el centenario, nos arrolló, llegó por donde menos lo imaginamos.

Hoy es un buen día para olvidar los agravios, no importa si somos de derecha, izquierda, de en medio, no importa si somos azules, amarillos, rojos o tricolores; la sangre de esos hombres y mujeres que parten hoy a Michoacán es roja y las lágrimas que derramaremos por ellos son transparentes.

Hoy sólo digo Padre nuestro (o cada quien como quiera) perdona nuestras ofensas, las suyas y líbranos y líbralos de todos los males. Amén

¡Hola, mundo!

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