Mudanza

Me he mudado pocas veces: soy una mujer muy estable (por lo menos en ese sentido). Cuando por fin decidí empezar a guardar, me di cuenta de lo difícil que sería, no por el volumen (¡eso no fue difícil, fue horrible!), sino por las historias.

Pensé que lo mejor era comenzar con los libros, sin duda lo más rápido. Tomé el primero, y ahí inicié esta conversación conmigo:

–      ¡Mira un separador! ¿De cuándo será este libro? Creo que este debe ir en la caja de novelas. Eso es, haré una caja por categoría. Además así será más rápido desempacar.

Mientras hojeaba Muerte en el Golfo de Héctor Aguilar Camín, recordé mi época en Reader’s Digest. Pensé específicamente en Ligia y en Evelio.

–      ¡Ay qué padre aquí está Ante el vacío existencial de Viktor Frankl! Vinieron a mi mente aquellas tardes ayudando a Isabel con su tesis de Desarrollo humano, esas que después de largas jornadas de trabajo terminaban en pláticas de amigas íntimas y cuyas indiscreciones me costaron dos amigas (bueno, no eran tan amigas finalmente, pero en ese entonces ellas y yo pensamos que sí).

–      Psicología del mexicano, ¡cómo disfruté la clase del mismo nombre en el primer módulo de la maestría! Adiós ansiedad, tengo que regresárselo a Lari.

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–      El poder del pensamiento, ¡ah, qué épocas esas! ¿Verdad Marisel?

–      ¿Por qué ya no disfruto la vida? de Benassini Que nadie sepa que tengo este libro (por cierto muy difícil de conseguir) van a pensar que soy bipolar. ¡Pero qué bueno está!

Todos esos en la misma caja, como si al guardarlos juntos esa mezcla de lectura y de conocimiento hubiera dado paso a esta, la que escribe.

Y de repente, ahí, frente a mí. Los vi, los tomé, los acaricié, algunos de los libros favoritos de Charbelí, de autores a quienes yo le enseñé a amar: Benedetti, Goethe, Gabriel García Márquez… ahí está nuestra unión. Charbe y yo no somos amigas; somos madre e hija: lectoras, ella mucho más ávida y apasionada. Devoradora obsesiva de libros, de historias, de vida, la vida de los que se atreven a escribir y a publicar igual que ella.

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García Lorca y yo nos topamos: lo miré con recelo, por su culpa Charbelí se ha perdido noches y días completos, se ha olvidado de todos, sin escuchar, sin hablar, ni parpadea, su amor hacia él es intenso, vehemente, pero también puro y desinteresado, incluso profano diría yo.

–      García Lorca, una caja solo para él.

Y los vellos se me erizaron, una emoción incontenible me invadió, allí estaba, el paso del tiempo también ha hecho mella en él. Lo abrí cuidadosamente, puse mi mano entre sus hojas y me transporté al pasado. Ahí estaba, mi primer libro universitario: Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas de Umberto Eco. Eso, lo que pensé, sentí, eso es solo mío.

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Decidí sentarme un momento con Balzac y su Eugenia Grandet, ¡otro amor compartido con Charbe!

–      ¿Qué haces ahí escondido? ¡Te equivocas si crees que me marcharé sin ti! Ya olvidé cuántas veces tus Veinte poemas han intensificado mi dolor para dar paso al olvido. Ven, Pablo, vamos a la caja de los favoritos.

–      ¡No lo puedo creer! ¡Aquí está la maravillosa edición de Monja, casada, virgen y mártir que tanto buscó Bruno, él me decía que estaba por aquí! Los hijos también enseñan a sus madres y Bruno es un gran maestro, aunque estricto. Cada pasaje, explicado en contexto, disfruté compartir esa lectura, me regocijé con Vicente Riva Palacio explicado por mi hijo.

–      Antonieta, de Fabienne Bradu, también Bruno me la presentó y la amé. ¡Cuánta intensidad en tan pocos años! Eso es vivir apasionadamente. Claro que mientras leía Bruno me platicó la historia de la familia, su padre Antonio Rivas Mercado fue el arquitecto-ingeniero de finales del porfiriato, creador del Ángel de la Independencia.

Todo esto es de Bruno: Historia de México, Historia de la Nueva España, Cartas de Relación, y recordé que cada libro leído por él es una lección para todos. Esa es una ventaja, una obra en sus manos es muy bien aprovechada, primero nos la platica y luego… ¡¡¡nos hace examen!!! Eso lo aprendió del querido doctor Bernal.

–      ¡Gracias Dios mío! Aquí están los libros de Isaac, aquí los aparto para regresárselos. Solo libros de colección, pero ¡ah cómo me da lata para que se los entregue!

–      Estos también todos juntos: El segundo sexo de Simone de Beauvoir; El matrimonio y sus alternativas. Carl Rogers (¡librazo!); Feminismo, diferencia sexual y subjetividad mónade de Rosi Braidotti (una de mis etapas).

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Los clásicos: La quinta disciplina de Peter Senge; Posicionamiento de Philip Kotler; Marketing de Guerrilla de Jay Conrad Levinson.

Para entonces habían pasado cinco horas (eran las tres de la mañana), estaba rendida, había releído párrafos y párrafos, tenía 14 cajas abiertas y ¡NO HABÍA EMPACADO NI LA TERCERA PARTE DE LOS LIBROS!

En ese momento me di cuenta de que guardar los recuerdos no era fácil, elegir qué desechar era doloroso, pero ante todo, estaba agotada porque en cada página que pasé abrí y cerré un capítulo de mi vida.

Continuará…